Soy programador junior y trabajo con un asistente de IA prácticamente todos los días. No lo uso como un oráculo que escribe el programa por mí, sino como un compañero con el que reviso, pregunto y compruebo. Aquí cuento cómo lo enfoco y qué normas me he puesto.
Para qué la uso
Mi uso habitual cae en cuatro categorías: entender código que no escribí yo, buscar la causa de un error, montar la estructura inicial de un proyecto y revisar lo que he hecho antes de darlo por bueno. En todos los casos la decisión final es mía: la IA propone y yo verifico.
Normas que me he puesto
1. No pego nada que no entienda
Si la IA me da una solución y no sé explicar qué hace cada línea, le pido que me la explique antes de usarla. Un junior que copia sin entender no aprende, y el día que falle no sabrá arreglarlo.
2. Siempre lo ejecuto y lo pruebo
Una respuesta con buena pinta no es una respuesta correcta. Compilo, ejecuto y pruebo casos límite. Los asistentes pueden inventar funciones o parámetros que no existen, así que la documentación oficial sigue siendo la referencia.
3. Le doy contexto, no solo la pregunta
Cuanto más claro es el contexto (lenguaje, versión, qué intento conseguir, qué error me sale exactamente), mejor es la respuesta. «No funciona» no sirve; el mensaje de error completo sí.
4. Cuido lo que comparto
Nunca pego contraseñas, claves de API ni datos de terceros en un chat. Las credenciales las guardo en un gestor de contraseñas y las leo desde ahí.
5. Uso control de versiones
Trabajar con git permite ver exactamente qué ha cambiado la IA y volver atrás si algo sale mal. Es la red de seguridad más útil que conozco.
Lo que he aprendido
La IA acelera, pero no sustituye saber lo básico. Cuanto mejor entiendo los fundamentos, mejores preguntas hago y más fácil detecto cuándo se equivoca. Para quien empieza, mi consejo es usarla para aprender más rápido, no para saltarse el aprendizaje.



